La primera luz
El olivar se enciende por el este. Café en la terraza antes de que nadie hable.
Hotel rural boutique · Ronda
Casa Olvido es una casa pequeña en una finca de olivos. Pensada para llegar sin planes y marcharse sin prisa.
Olvido, aquí, no es descuido. Es dejar fuera lo que no hace falta.
Casa Olvido es un hotel rural boutique en Ronda, levantado en una finca de olivos. Tiene nueve habitaciones, ninguna igual a otra, y una manera de hacer las cosas que se parece más a una casa que a un hotel.
Aquí la medida de todo es pequeña a propósito. Pocas habitaciones para conocer a quien viene. Una mesa larga para quien quiera compañía y muchos rincones para quien no. Muros gruesos, suelos de barro y una luz que entra de lado por las mañanas.
No hay programa. Hay un olivar que cambia con las estaciones, una alberca para los días de calor y, al fondo, la sierra de Ronda haciendo lo suyo: cambiar de color cada tarde.
Si buscas un sitio donde el tiempo se mida en desayunos largos y atardeceres, es aquí.
Fig. 02 Rama de olivo de la finca.
Cada habitación tiene su orientación, su luz y su nombre. Todas comparten lo esencial: cama grande, ropa de lino, silencio y una ventana que merece la pena.
La más recogida de la casa. Muros gruesos, luz baja y una cama frente a la chimenea para los meses de frío.
Da a la era empedrada. Por la mañana el sol entra de lado y huele a romero y a tierra regada.
La más fresca en verano. Ventanas a la alberca y una ducha de piedra abierta al cielo.
Un ventanal entero para la sierra. Pensada para no hacer nada más que mirar.
Lleva el nombre de la variedad del olivar. Terraza entre copas de olivo y bañera exenta junto a la ventana.
La del atardecer. La luz naranja cruza la habitación de pared a pared hasta que se apaga.
Un poco apartada del resto, junto a la encina grande. Chimenea, porche propio y el silencio más hondo de la finca.
Una claraboya sobre la cama. En las noches despejadas no hace falta más decoración.
Mira al este. Es la habitación de los madrugadores y de los desayunos tempranos en la terraza.
Cuando se va el sol, la finca se queda a oscuras y la casa, encendida.
Un olivar, una alberca, varias terrazas y una casa común. Lo demás lo pone el paisaje.
La casa está rodeada de olivos. Entre ellos se pasea, se lee y se duerme la siesta. En otoño se recoge la aceituna y el aceite vuelve a la mesa del desayuno.
Cocina sencilla, de producto cercano y de temporada. Desayuno largo cada mañana y cenas por encargo para quien no quiera moverse de la finca.
La antigua balsa de riego, convertida en lugar de baño. Agua fresca, piedra caliente y la sombra de los olivos a media tarde.
Rincones de sol y de sombra repartidos por la finca, para no coincidir con nadie si no se quiere. Cada uno con su vista.
Salón con chimenea, biblioteca y una mesa grande. El sitio donde acaban las tardes de invierno y empiezan las noches de verano.
No hay programa. Esto es solo cómo suele pasar el día cuando nadie mira el reloj.
El olivar se enciende por el este. Café en la terraza antes de que nadie hable.
Pan de hogaza, fruta de temporada, aceite de la finca y lo que haya dado la huerta. Sin hora de cierre.
La ciudad está cerca para quien quiera callejear. El olivar, para quien no.
Hamacas bajo las copas, el agua de la alberca y un libro que nunca se termina.
Una copa de vino de la Serranía mirando cómo la sierra cambia de color.
Lejos de las luces de la ciudad, el cielo hace el resto. Cena tranquila y a dormir con la ventana abierta.
Ronda se asoma a un desfiladero y vive de espaldas a la prisa. Desde la finca se llega con calma, se callejea un rato y se vuelve al olivar con la sensación de haber estado en otro siglo.
El perfil más conocido de la ciudad: el puente que cose las dos mitades de Ronda sobre la garganta del río.
Palacios, patios, iglesias y miradores que se abren de pronto al vacío.
Senderos por la Sierra de las Nieves y pueblos blancos colgados en el Valle del Genal.
Ronda tiene tradición propia de bodegas y almazaras. Te ayudamos a organizar una visita si te apetece.
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